miércoles, 3 de noviembre de 2010

Silencio y Despedida

Por Leomas

Llegó noviembre y las notas estaban listas para cerrar el año académico que había pasado tan rápido como gacela herida. La profesora de Ingles estaba sentada sobre una escaño que miraba al parque muy cerca a los arbustos que se apostaron en cada una de las esquinas del paisaje. El muchacho observaba piernas y cintura de la dama, desde uno de los salones en un tercer piso del viejo edificio que hizo de claustro y aprendizaje. Estaba erguido como asta de bandera y sabía que debía emprender un nuevo viaje a estudios superiores. Varias golondrinas danzaban en círculo y se vieron gaviotas revoloteando el aire del inmueble vecino. Otras aves estuvieron cerca de la escena recreando metáforas y cuentos, entre rincones y líneas que se truncan sin orden. Por fin entre lo cotidiano aparecieron lágrimas que no se veían porque los dos estaban arropados por un muro contradictorio, que no dejaba divisar cada corazón que clamaba amor pero que edades avanzadas truncaban acercarse.

El 5 de diciembre se iluminaron las luces del salón principal como arbolito de navidad y todos leyeron la frase: “Bienvenidos Nuevos Bachilleres”. Los organizadores estuvieron listos en la noche para dar el toque final de clausura con canciones, oratorias y poemas, que estremecieron corazones y penas. Los jóvenes en fila india entraron como leyenda para ocupar las primeras sillas, que en forma simétrica se habían instalado por expertos que desconocieron el rose de los atractivos y miradas. Ella quedó como esfinge frente a los ojos del enamorado que no sabia como empezar un verso para expresar un amor que llegó desde un febrero hacia dos lustros. La jornada dramatizada terminó silenciosa bajo lágrimas y despedidas. Los dos se encontraron en la puerta del amplio campanario que llamaba a clases aun en los días lluviosos y con tormenta.

La maestra lo miró fijamente y quiso felicitarlo por la etapa que culminaba el hermoso doncello, que lucia ojos de azabache y cabello ensortijado como uno de los dioses inventados por los griegos. El joven simplemente sonrió y trato de decirle con su mirada que la amaba y que estaba dispuesto a quedarse. Ninguno de los dos dijo nada entre las risas de otros que saludaban para nunca más encontrarse. Se alejaron en medio de tristezas y angustias de muerte que golpearon los pechos y dejaron recuerdos que atormentan los besos. 20 años tenía el torbellino y ella cargaba con 35 orquídeas en su traje. Los dos sintieron una helada brisa que bajaba de uno de los montes que rodeaban el hermoso lugar y hubo escalofrío en los cuerpos vivientes. Algo extraño salió del centro de la tierra como grito desgarrador que puso a todos con los “pelos de punta”.

La vieja doncella corrió hacia una de las puertas del armatoste que daba a la rectoría de la institución y dejo caer su cartera sobre secas hojas. El joven trató de caminar y tropezó con ella muy cerca a uno de los escalones que bajaba al subterráneo en donde estaban ubicados los laboratorios de física y química. Guardaron silencio mientras la luz del extenso pueblo se apagó ofreciendo un espectáculo como cementerio de pobre y mantel de preso. Quedaron bajo la sombra de una oscuridad aterradora. Muy cerca se escucharon gritos, gemidos y lamentos como si un carnaval de angustia hubiera organizado los perversos. De nuevo el frio de la noche penetró en los huesos de los asustados pueblerinos que creían haber vivido toda su vida dentro de una gran ciudad y se sentían de las mejores familias de alcurnias y abolengos mentirosos.

A las 8.45 de la noche de nuevo la tierra se desesperó y se movió creando un fuerte terremoto que lanzo a la pareja directamente sobre las vitrinas que guardaban los tubos de ensayo, cajas de petri, químicos y cada uno de los cachivaches que se usan para clamar que se hace ciencia. Quedaron abrazados del impacto mientras la esfera terrestre se seguía agitando como mar de agosto sobre el Océano Pacifico. Ella le dijo al chico al oído que estaba asustada y que temía que la edificación se les viniera encima. El la tranquilizó y le hizo saber que su cuerpo estaba intacto. La besó bajo la sombra oscura que salía de un postigo que miraba a los pisos altos.

A las 9.00 de la noche fueron testigos del peor de los terremotos que azotaron a los ciudadanos en el último siglo. Las paredes del inmueble quedaron todas en el suelo y las escaleras se desbarataron como cajas de naipes jugadas por borrachos en cantina de tablas. El suelo asustó en cada movimiento a los involucionados arrogantes y orgullosos. Los dos se olvidaron del suceso y se declararon el amor guardado sin reparar el quejido de los caprichosos. Siguieron los besos y muchas caricias cuando los minutos y horas acrecentaron los muertos. Afuera los gritos continuaron en forma desgarradora mientras la gigante montaña empezó a moverse tragándose de paso las casuchas de los campesinos y varios ranchos que se habían construido como nidos de cucarachas y hormigas.

De nuevo la tierra hizo sentir su poder y lanzó otro fuerte sismo que hizo salir al rio de su cause lanzando sus aguas sobre la planicie de los ignorantes. Las casas volaron sobre la autopista y los ladrillos empezaron a enterrarse como regresando a su origen natural. Fuera y dentro todo se movía como hoja que lleva el viento y parecía el momento a un montaje publicitario de los anónimos. A la 1.00 de la mañana del siguiente día aun seguían abrazados con otros besos. La tierra volvió a temblar y un pedazo de concreto cayó sobre la cabeza del joven. El muchacho murió en brazos de ella mientras la luna de los enamorados empezaba a retirarse lejos del horizonte de los prados.

El agua entró por las rendijas del espacio que había servido de escaleras durante 50 años. Ella sintió que su cuerpo empezó a subir y que flotaba sobre la humedad que se hizo ciénaga en un instante. Lentamente los dos cuerpos salieron abrazados quedando sobre lo que fue la portería del colegio y en un espacio vacio como en vez de concreto hubiera vivido allí el barro. Tan fuertes estaban unidos los dos como si un albañil los hubiera pegado con cemento del Olimpo con magia de otros dioses. Ella se dio cuenta que el amor de su vida no respiraba y que algo había truncado el idilio que la dejó esperar varios años a su estudiante preferido. El tanque de gas del laboratorio sirvió de balsa y logró sacarlos a la superficie. Ella tocó el frio cilindro de metal debajo de su cuerpo y entró en convulsión bajo la cúspide de soledades escarpadas del silencio.

La madrugada estuvo tétrica y moribunda. La sombra de la noche aun fresca aumentó el desespero de quienes habían quedado vivos a la intemperie y sobre aguas contaminadas que se habían mezclado con las de la montana. Las paredes de las edificaciones se convirtieron en polvo y lodo. A lo lejos se escucharon sirenas y gritos angustiosos de pobladores y visitantes. Los helicópteros llegaron a las 6.00 de la mañana con hombres armados a bordo y pequeñas cajas con primeros auxilios y algunos remedios. Allí estaba ella abrazando a su amado inerte como mellizos en gestación. Lograron soltarla de los brazos del adolescente y la subieron con dificultades a una improvisada camilla de lona. Su pierna derecha estaba partida en tres partes y su brazo izquierdo se había quebrado en dos porciones iguales. Se le notó un pedazo de cristal de vidrio clavado detrás de su espalda como espada. Ella había perdido parte de su cuero cabelludo y tenia sangre regada por todo su cuerpo como encajes que dejan las brisas sobre los viejos troncos.

A los 7 días de estar hospitalizada regresó del coma traumático y abrió sus ojos como luz de diamantes robados. Lo primero que hizo fue preguntar por su amado estudiante. Estaban allí algunos compañeros de labores y los padres del mancebo que lloraban como nenas cuando extravían sus muñecas. Querían saber cómo fueron las últimas horas del estudioso. La mujer entró en llanto mientras la madre del chico le confesó a la educadora que su hijo la amaba desde hacia mucho tiempo. Ella lo sabía y nunca dijo nada porque siempre creyó que los jóvenes no debían mirar a las amapolas cuando empiezan a perder su brillo y figura. La maestra narró su amor por el mozo y perdió la vergüenza lanzando los últimos pétalos al viento con sus libros. Otros estudiantes entraron con rosas y claveles que hizo resplandecer aun a los cisnes de murano que estaban allí como adornos en las repisas.

El médico de turno habló delante de todos en el acto con voz sonora como locutor autodidacta: -Mujer estas embarazada y debes cuidarte-. Ella miro por la ventana y vio nuevas las casas y los edificios. El doctor le dijo de nuevo: -Estas en la ciudad capital-. Lágrimas y congojas llegaron al lado de alegrías de quienes aprendieron a perder el miedo a raras costumbres de poetas y locos. Los meses pasaron al lado de otros que se convirtieron en años que aumentaron como la distancia. La dama no regresó a las aulas de clases ni al poblado que continuó con chismes, habladurías y falsas tertulias. Nació su hijo bello y muy parecido al amor de su vida, como si una perla blanca se hubiera incrustado dentro de un brillante negro azabache. Ella bajó la mirada contemplando la figura del niño. -Eres mi terremoto le dijo-. Hoy la maestra esta pensionada y vive rodeada de los hijos de su hijo, de su hijo y de la esposa del hijo que la adora. Jamás volvió a enamorarse y se refugio entre poemas y narraciones de otras galaxias. El muchacho fue el único amor que entró en su alma aunque lo aceptó aquel día, dentro del temblor de tierra en la tragedia como defensa.

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