miércoles, 3 de noviembre de 2010

Silencio y Despedida

Por Leomas

Llegó noviembre y las notas estaban listas para cerrar el año académico que había pasado tan rápido como gacela herida. La profesora de Ingles estaba sentada sobre una escaño que miraba al parque muy cerca a los arbustos que se apostaron en cada una de las esquinas del paisaje. El muchacho observaba piernas y cintura de la dama, desde uno de los salones en un tercer piso del viejo edificio que hizo de claustro y aprendizaje. Estaba erguido como asta de bandera y sabía que debía emprender un nuevo viaje a estudios superiores. Varias golondrinas danzaban en círculo y se vieron gaviotas revoloteando el aire del inmueble vecino. Otras aves estuvieron cerca de la escena recreando metáforas y cuentos, entre rincones y líneas que se truncan sin orden. Por fin entre lo cotidiano aparecieron lágrimas que no se veían porque los dos estaban arropados por un muro contradictorio, que no dejaba divisar cada corazón que clamaba amor pero que edades avanzadas truncaban acercarse.

El 5 de diciembre se iluminaron las luces del salón principal como arbolito de navidad y todos leyeron la frase: “Bienvenidos Nuevos Bachilleres”. Los organizadores estuvieron listos en la noche para dar el toque final de clausura con canciones, oratorias y poemas, que estremecieron corazones y penas. Los jóvenes en fila india entraron como leyenda para ocupar las primeras sillas, que en forma simétrica se habían instalado por expertos que desconocieron el rose de los atractivos y miradas. Ella quedó como esfinge frente a los ojos del enamorado que no sabia como empezar un verso para expresar un amor que llegó desde un febrero hacia dos lustros. La jornada dramatizada terminó silenciosa bajo lágrimas y despedidas. Los dos se encontraron en la puerta del amplio campanario que llamaba a clases aun en los días lluviosos y con tormenta.

La maestra lo miró fijamente y quiso felicitarlo por la etapa que culminaba el hermoso doncello, que lucia ojos de azabache y cabello ensortijado como uno de los dioses inventados por los griegos. El joven simplemente sonrió y trato de decirle con su mirada que la amaba y que estaba dispuesto a quedarse. Ninguno de los dos dijo nada entre las risas de otros que saludaban para nunca más encontrarse. Se alejaron en medio de tristezas y angustias de muerte que golpearon los pechos y dejaron recuerdos que atormentan los besos. 20 años tenía el torbellino y ella cargaba con 35 orquídeas en su traje. Los dos sintieron una helada brisa que bajaba de uno de los montes que rodeaban el hermoso lugar y hubo escalofrío en los cuerpos vivientes. Algo extraño salió del centro de la tierra como grito desgarrador que puso a todos con los “pelos de punta”.

La vieja doncella corrió hacia una de las puertas del armatoste que daba a la rectoría de la institución y dejo caer su cartera sobre secas hojas. El joven trató de caminar y tropezó con ella muy cerca a uno de los escalones que bajaba al subterráneo en donde estaban ubicados los laboratorios de física y química. Guardaron silencio mientras la luz del extenso pueblo se apagó ofreciendo un espectáculo como cementerio de pobre y mantel de preso. Quedaron bajo la sombra de una oscuridad aterradora. Muy cerca se escucharon gritos, gemidos y lamentos como si un carnaval de angustia hubiera organizado los perversos. De nuevo el frio de la noche penetró en los huesos de los asustados pueblerinos que creían haber vivido toda su vida dentro de una gran ciudad y se sentían de las mejores familias de alcurnias y abolengos mentirosos.

A las 8.45 de la noche de nuevo la tierra se desesperó y se movió creando un fuerte terremoto que lanzo a la pareja directamente sobre las vitrinas que guardaban los tubos de ensayo, cajas de petri, químicos y cada uno de los cachivaches que se usan para clamar que se hace ciencia. Quedaron abrazados del impacto mientras la esfera terrestre se seguía agitando como mar de agosto sobre el Océano Pacifico. Ella le dijo al chico al oído que estaba asustada y que temía que la edificación se les viniera encima. El la tranquilizó y le hizo saber que su cuerpo estaba intacto. La besó bajo la sombra oscura que salía de un postigo que miraba a los pisos altos.

A las 9.00 de la noche fueron testigos del peor de los terremotos que azotaron a los ciudadanos en el último siglo. Las paredes del inmueble quedaron todas en el suelo y las escaleras se desbarataron como cajas de naipes jugadas por borrachos en cantina de tablas. El suelo asustó en cada movimiento a los involucionados arrogantes y orgullosos. Los dos se olvidaron del suceso y se declararon el amor guardado sin reparar el quejido de los caprichosos. Siguieron los besos y muchas caricias cuando los minutos y horas acrecentaron los muertos. Afuera los gritos continuaron en forma desgarradora mientras la gigante montaña empezó a moverse tragándose de paso las casuchas de los campesinos y varios ranchos que se habían construido como nidos de cucarachas y hormigas.

De nuevo la tierra hizo sentir su poder y lanzó otro fuerte sismo que hizo salir al rio de su cause lanzando sus aguas sobre la planicie de los ignorantes. Las casas volaron sobre la autopista y los ladrillos empezaron a enterrarse como regresando a su origen natural. Fuera y dentro todo se movía como hoja que lleva el viento y parecía el momento a un montaje publicitario de los anónimos. A la 1.00 de la mañana del siguiente día aun seguían abrazados con otros besos. La tierra volvió a temblar y un pedazo de concreto cayó sobre la cabeza del joven. El muchacho murió en brazos de ella mientras la luna de los enamorados empezaba a retirarse lejos del horizonte de los prados.

El agua entró por las rendijas del espacio que había servido de escaleras durante 50 años. Ella sintió que su cuerpo empezó a subir y que flotaba sobre la humedad que se hizo ciénaga en un instante. Lentamente los dos cuerpos salieron abrazados quedando sobre lo que fue la portería del colegio y en un espacio vacio como en vez de concreto hubiera vivido allí el barro. Tan fuertes estaban unidos los dos como si un albañil los hubiera pegado con cemento del Olimpo con magia de otros dioses. Ella se dio cuenta que el amor de su vida no respiraba y que algo había truncado el idilio que la dejó esperar varios años a su estudiante preferido. El tanque de gas del laboratorio sirvió de balsa y logró sacarlos a la superficie. Ella tocó el frio cilindro de metal debajo de su cuerpo y entró en convulsión bajo la cúspide de soledades escarpadas del silencio.

La madrugada estuvo tétrica y moribunda. La sombra de la noche aun fresca aumentó el desespero de quienes habían quedado vivos a la intemperie y sobre aguas contaminadas que se habían mezclado con las de la montana. Las paredes de las edificaciones se convirtieron en polvo y lodo. A lo lejos se escucharon sirenas y gritos angustiosos de pobladores y visitantes. Los helicópteros llegaron a las 6.00 de la mañana con hombres armados a bordo y pequeñas cajas con primeros auxilios y algunos remedios. Allí estaba ella abrazando a su amado inerte como mellizos en gestación. Lograron soltarla de los brazos del adolescente y la subieron con dificultades a una improvisada camilla de lona. Su pierna derecha estaba partida en tres partes y su brazo izquierdo se había quebrado en dos porciones iguales. Se le notó un pedazo de cristal de vidrio clavado detrás de su espalda como espada. Ella había perdido parte de su cuero cabelludo y tenia sangre regada por todo su cuerpo como encajes que dejan las brisas sobre los viejos troncos.

A los 7 días de estar hospitalizada regresó del coma traumático y abrió sus ojos como luz de diamantes robados. Lo primero que hizo fue preguntar por su amado estudiante. Estaban allí algunos compañeros de labores y los padres del mancebo que lloraban como nenas cuando extravían sus muñecas. Querían saber cómo fueron las últimas horas del estudioso. La mujer entró en llanto mientras la madre del chico le confesó a la educadora que su hijo la amaba desde hacia mucho tiempo. Ella lo sabía y nunca dijo nada porque siempre creyó que los jóvenes no debían mirar a las amapolas cuando empiezan a perder su brillo y figura. La maestra narró su amor por el mozo y perdió la vergüenza lanzando los últimos pétalos al viento con sus libros. Otros estudiantes entraron con rosas y claveles que hizo resplandecer aun a los cisnes de murano que estaban allí como adornos en las repisas.

El médico de turno habló delante de todos en el acto con voz sonora como locutor autodidacta: -Mujer estas embarazada y debes cuidarte-. Ella miro por la ventana y vio nuevas las casas y los edificios. El doctor le dijo de nuevo: -Estas en la ciudad capital-. Lágrimas y congojas llegaron al lado de alegrías de quienes aprendieron a perder el miedo a raras costumbres de poetas y locos. Los meses pasaron al lado de otros que se convirtieron en años que aumentaron como la distancia. La dama no regresó a las aulas de clases ni al poblado que continuó con chismes, habladurías y falsas tertulias. Nació su hijo bello y muy parecido al amor de su vida, como si una perla blanca se hubiera incrustado dentro de un brillante negro azabache. Ella bajó la mirada contemplando la figura del niño. -Eres mi terremoto le dijo-. Hoy la maestra esta pensionada y vive rodeada de los hijos de su hijo, de su hijo y de la esposa del hijo que la adora. Jamás volvió a enamorarse y se refugio entre poemas y narraciones de otras galaxias. El muchacho fue el único amor que entró en su alma aunque lo aceptó aquel día, dentro del temblor de tierra en la tragedia como defensa.

sábado, 23 de octubre de 2010

Sospechas legales e Ironías ilegales

Por Leomas

Uno a uno fue desapareciendo entre soles, estrellas y barras, que lucían disciplinas y gritaban consignas vomitadas por escuelas que sembraron maldades en las mentes desde el norte con medallas falsas de honor y miserias de ciudad. Como gelatina sin azúcar y aromáticas sin sobre, los mancebos eran llevados en camiones bajo engaño y propuestas laborales con remuneraciones que sólo la mafia criolla estaba acostumbrada a pagar a los sicarios del caporal. Entre jefes y mandos medios todos eran desalmados, llevaban mala cara y sus rostros como para remedio infernal. Aunque caminaban masculinos se les notaba algo raro en su apetito, apretando sus glúteos entre sus calzones transparentes de seda e hilo fino dental. Ellos robaban de cuarteles el mercado que iba a nutrir a soldados que incautos cambiaron su destino por disparos de muerte que arrebataron la vida a connacionales, a otros que de pueblos fronterizos observaban y varios cayeron bajo el anonimato de la voz de un malandro capitán.


Con orden presidencial se metieron en barriadas y comunas aparentando salud y servicio social. Con mañas engañaron a inocentes que pasaban sin trabajo al azar por aquellas cosas de hablar con extraños sin reparar las brazas que llevan ciertas siluetas entre sus huesos que no dejan de sonar. Lograron destruir la vida en casuchas, canchas, parques, ramadas y en antros del chaparral. Una voz en el camino que profetizaba, logró decirles el año exacto que a todos los psicópatas enjuiciarían y la fecha con pelos y señales de partida a la otra vida que llama sin disparar. A hermosos doncellos seleccionaban para aparentar valentía y musculatura que aumentaban con trajes camuflados y con botas infladas de perversidad. Sólo eran vagos de doble vida que arremetían contra la justicia, verdad y paz. Las armas los hicieron aparecer como lideres de calles y cantinas que aun los torcidos no querían conocer ni ensayar. A sangre infame los mataban con rifles y ametralladoras y los enterraban bajo tierra para que el delito se pudiera ocultar.

Uno de ellos se rebeló contra la mentira y comentó bajo la estera de uno que buscaba pareja y que las faldas habían dejado pasar porque su naturaleza no le dejaba mirar esas curvas que enloquecen a quienes más tarde creen tener santidad. Bajo escombros lograron enterrar a varios citadinos incluyendo a enfermos que no podían usar sus manos y a otros que estaban atrasados y que la mente no los dejaba pensar. El sol y la luna esperaron varios meses para ver el rechazo y protesta de la población mundana que no podía pensar. La tierra quiso ver en las calles a grupos humanos denunciando a los asesinos militares y a sus cómplices en cada lugar. Nada sucedió y hubo silencio sepulcral de los moradores y legisladores hasta en la capital. Todos estaban cobijados por la maldad y corrupción del coronel chandosal. Ellos, hijas e hijos, habían bebido agua contaminada que bajaba de los sangrientos uniformes y habían alquilado con el dinero de la mafia la construcción del piso de mármol por donde pasaron varios de los cadáveres con delantal.

El viento tuvo algo de paciencia y guardó su fuerza debajo de las cavernas que deja la nieve en la montaña testigo de la muerte y mal. La lluvia recogió su velo para no herir las manifestaciones y lamentos que creyó ver con la desesperación de sabios e ignorantes que tejían orgullo y vanidad. No hubo nadie en la contienda que dijera del maltrato a la vida, desintegración de los nefastos y cobro justo a los delitos aún en navidad. Todas y todos estaban ocupados en francachelas, comilonas, orgias, parrandas y en otras deliberaciones sin son ni sal. Algunos citadinos sólo tenían tiempo para organizar carnavales, reinados, murgas y miserables campeonatos, que dejan orines putrefactos sobre el matorral. Primero vino el granizo que golpeó sus calles y terrazas y dejó sin techo a los dementes que se creían propietarios hasta del fusil que cegó la vida en el cigüeñal. Luego incendios que no pudieron detener en las esquinas y sobre las montañas que rodeaban el bonito lugar. Mas tarde después de un lustro, un terremoto destruyo las casas de bandidos y oficinas donde se tejió la crueldad y epidemia que los hizo correr como gacelas a otros planos donde los mató un vendaval.

La montana se enfureció a las 7 de la noche y salieron aguas subterráneas que barrieron las guarniciones y llegaron a limpiar las sienes de quienes comandaban las bandas de asesinos que en fila se les vio lejos del cuartel y dentro de un diario malandro y jornal. Los muros de cemento se cayeron como melcocha sobre barro y los puentes se desbarataron como circo y maltrecho morral. El gigante sol escondió su brillo y la luna fue silenciada por una nube oscura que dejó el segundo y tercer chamuscal. En la madrugada hubo un nuevo temblor de tierra que destruyó el edificio alto de las mañas y la casaquinta del propietario del desorden y crueldad. Entrando la mañana un tercer movimiento lanzó al piso las paredes coloniales en donde se planearon las barbaries y se violaron los valores que practicaron aborígenes y unos blancos despistados sin coeficiente lograron pisotear dejando un muladar.

Había otro hombre frente a la silla putrefacta y su antecesor estaba de visita en una quinta que se acercaba al cristalino mar. Juntos fueron arrastrados por la corriente de un rio que otrora fue pieza clave de navíos, que la industria explotadora logró destruir y mermar hasta su caudal. Los hijos que viajaban en helicóptero fueron barridos por el aire y al suelo de los desarropados con cicatrices de sangre fueron a parar. Allí moribundos quisieron escriturar a testaferros las propiedades robadas pero el juez contratado también fue lanzado por el fuerte viento como estiércol de corral. Las paredes de las cárceles quedaron destruidas y los presos que injustamente purgaban penas salieron ilesos a la libertad del penal. La justicia de la tierra también cobró a los ilegales las matanzas, secuestros y a todos los barrió del triste semental. En la jungla el agua destruyo cada cambuche y ahogó a los otros facinerosos que también hicieron daño creyendo que la vida humana era de retal. A otros falsos grupos militares fueron alcanzados por los vientos, quedaron enterrados bajo arenas y piedras cerca a la selva que había brillado con majestad. Los incendios llegaron a los juzgados y los mentirosos documentos se convirtieron en ceniza, baba y lodazal. Abogados y leguleyos murieron con sus familias descuartizados por los tornados que pasaron por casas y oficinas sin hablar.

Cinco días de lluvias y fuertes heladas, azotaron la plaza principal con sus ciudades circunvecinas y cada potrero se inundó de par en par. Una a una de las avenidas fue convertida en chicha, remolino, grisáceo panal y basural. Hubo polvo y ceniza entremezclado con azufre que salió de una empresa que procesaba ciertos aromas que los delincuentes lograron saborear. Se salvaron cucarachas y ratones que dormían debajo de las raíces, con hormigas y gusanos atravesaron la frontera y buscaron un mejor lugar. 15 días de tragedia barrió la arena de las calles y los bultos de basura se corrieron a la oficina del contralor y del fiscal. Por fin asomaron los políticos que estaban asustados como gallinas frente a zorros que consumen carne como cuatreros sin pagar. Ninguno tuvo ideas para agilizar la limpieza y guardaron silencio recorrido, el mismo que habían usado cuando la tragedia macabra estuvo dirigida por un inepto y cruel General.

La tierra devolvió cuerpos y cadáveres que años atrás habían escondido bajo la tierra húmeda y poco a poco la gente iba identificando las mandíbulas que salían de las tumbas como si el tiempo las hubiera hecho resucitar. Las fosas quedaron vacías sobre las rocas abriendo cada nombre de citadinas y citadinos asesinados, y que estaban esparcidos entre maleza y la sal, junto a muchos cuerpos de inocentes campesinos que también fueron masacrados con moto sierras y fusiles infectados de azufre y contaminada cal. Al caer el nuevo año la política y el sistema de gobierno quedó en manos de un nuevo grupo salido entre los invisibles que otrora hizo bulla sin igual entre otros desaparecidos, que fueron fumigados a quemarropa aun dentro del hospital. Una dama entre las multitudes estaba al frente del destino y con lista en mano llamó a los culpables, a quienes aun vivían entre la mugre y granizal. Por fin los asesinos y corruptos tradicionales abandonaron las parcelas y rincones, y los limones no dieron fruto para ayudar y aclarar el horror bajo un tenebroso huracán. De nuevo pobres y marginados tomaron tierras, cultivos y plantaciones, y consiguieron prosperidad con cierto miedo al regreso de quienes salieron huyendo lejos a otros planos en la tempestad.

Uno de los hijos que fue afectado por el asesinato y masacre de sus padres, fue nombrado por la hembra, ministro de gobierno y los colores del pasado fueron borrados del mapa y de la geografía popular como aviso sobre playa de enamorado fugaz. Se derrumbaron estatuas de perversos, rezanderos y sanguinarios, que habían usurpado los espacios en las veredas y en la misma ciudad. Las esfinges e historias de los rectos empezaron a tejer nuevos derroteros y hubo calma sin ron y ni un solo festival. El tiempo esta cerca pero aun falta que llegue el 12, para que todos sepan que por fin la paz anhelada llegará sin tanta alharaca y como roca se quedará pero la misma se debe cuidar y custodiar. Lo excelso es anhelado aun por quienes pisotean la justicia y dignidad.

jueves, 14 de octubre de 2010

Sola entre espinas arrugadas

Por Leomas

En noviembre recibió claveles y se sintió una diosa. En diciembre le llevaron flores y se creyó muy hermosa. Llegó enero con carnavales y sólo bailo con otros por caprichosa. Entre las risas de mayo y junio, danzo descalza y aunque triste, algo dichosa. En octubre ramos brillantes de tulipanes y algunos lirios de dulce lino, mostraron cielos con melodías entre yeguas, matorrales y celos pero no divinos.



El joven que la seducía, bello, esbelto y buen galopante, a dos kilómetros de distancia vivía solo y sin amante. Sus padres adoptivos muy entrados en edad, estaban en fosas comunes porque no hubo ni para el pan. Un rancho de latas y cajas era su única guarida pero con plantaciones de coco, hortalizas, frutas, legumbres y vida.


Rosales, gladiolos y margaritas rodeaban al fuerte mancebo, claveles, lirios, tulipanes y flores en forma natural, estaban en los potreros con belleza sin igual. Su estancia no era gigante y algunos animales de cría, lo hacían ilusionar con hogar hacia una mejor vida. Lo más precioso que tenia, era un caballo de paso fino, con adornos y figuras que habían llegado desde el ocaso de las tierras de don Lino.


La estatura del jovenzuelo lo hacían galán de cine y su perfil citadino como si fuera un potro salvaje. Perlas eran sus dientes y labios de fresco sauce, lo hacían parecer a cuentos que nunca perecen sin aire. Estaba allí algo triste rodeado de pobreza, también de gente mezquina, de guayabos y cerezas. Al pueblo no habían llegado las cuestionadas costumbres sino las rectas y curvas hubieran tejido pesadumbre.


Todos los fines de semana después de largas jornadas, iba al caserío cercano para ver a su escogida amada. Ninguna lo miraba porque todas veían telenovelas, de esas que idiotizan aun a la misma escuela. Los productos los vendía en una plaza de miseria pero el alcalde del pueblo afirmaba que era la mejor en varias tierras. La casona de la esquina era su preferida y allí dejaba sus rosas y también sus ilusiones perdidas.


La bella estaba ocupada en otras cosas de mundo moderno y trataba de ganar al hijo del millonario Facundo mostrándole los senos y también haciendo turno. Sus compañeras la invitaban a reuniones, cantos y charlas, de vez en cuando un suspiro estremecía su cuerpo con ganas. Todas en coro hicieron gracia y se sintieron las mas hermosas. Entre murmullos y finas cremas, se dijo algo del sexo fuerte, mientras espejos y discusiones, llegaron lejos con nuevos lujos. Leyeron versos de amor maduro y varios chistes de nuevas salas. Entre risas y contradicciones, algunos vinos de los rincones planearon viajes y vacaciones.


Llegó a la puerta de su morada, ramos de rosas cada tres días y serenatas en los balcones que tejen sueños y nuevas vidas. Un ramillete de flores rojas con varias notas lanzó un suspiro y entre las rejas de la mansión murieron pétalos con buen retiro. Anillos nuevos mueven sus manos y varias joyas entre regalos. Ella los mira por vanidosa y aun cree realmente ser diosa, lanza un grito con desespero y cree que debe ser esposa de uno que le de riquezas y que no le maltrate los senos.


Su enamorado la espera afuera y ella se esconde entre cortinas, mientras la brisa de madrugada lleva al mozuelo a una cantina. Allí él disfruta de algunos besos de una chica sin experiencia y bailan juntos con las cervezas que lanzan piedras a los castillos y enderezan a desmanes y tristezas que no traen lujo. Caderas finas aquí se esconden dijo con ganas el campesino, orquídeas frescas que en la sabana he visto al aire y cerca a varios pinos.


Los años pasan como en molienda y aun persiste el beso rubio y dorado, lanzando perlas y esmeraldas sin la respuesta del mundo orgullo. Nuevas penas y amarguras lo llevan a ser un varón vagabundo. La mujer que se cree elegante sigue volando buscando amigas y ciertos refugios. Entonces piensa el gran muchacho en tomar un nuevo rumbo y declara amor eterno a la mujer que baila con ganas y que en esas madrugadas lo arrulla como dama. El no regresa a los desprecios y se olvida de los insultos. Ella ama a los otros y deprecia a los pobres que no regalan oro ni lujo.


Llegó febrero de un nuevo año y hay jinetes que marchan juntos, llegaron novios con risas frescas muy de mañana era domingo. Hubo fiesta como en la feria y todos ríen al buen marido. Gozan, saltan y bailan juntos aumentando el buen consumo. Llegan poetas y escritores a contemplar el mejor idilio. Hasta los policías del pueblo que no habían ido al burdel, saben que esas caderas son de diosa y también de oropel.


Y entre las mujeres pueblerinas hay chismes y comentarios. Se dice afuera que un potro joven se ha casado dentro de un establo. Todas critican y siempre ríen pero están solas, amargadas y sin quien las cuide. Ahora cambian de estrategia y dicen que ellos son tontos y que escogen entre las cosas la peor con historiales de uso y pocas moralejas. La bella que no es esbelta lanza al aire cantos y notas y hace saber que la suerte a ella no importa ni le vale.


En septiembre arribó un carruaje que trajo a un hombre de traje fino. Hay una dama que mira lejos como buscando diamantes y bellos lirios. Hablaron poco porque en sus manos traían un mapa señalando un solo camino. Vienen en busca de una doncella que habían perdido por el destino y por las señas creen ahora que ella se ha casado con un pobre campesino. La prensa amarilla logró regar la noticia, de una mujer prostituta y sin nombre, que embrujó a un pobre diablo y buen iluso. Los ineptos periodistas lanzaron pedradas grotescas a las mujeres que se casan por estar enamoradas pero la misma y cruel noticia desenredo la madeja.


La caravana trae hombres que cuidan a la pareja y llevan armas y carabinas porque es una tierra de buen peligro, de muchas espinas y disputas viejas. Son policías de alto gobierno que llegan fuertes haciendo ruido. Traen consignas y documentos para aclarar ese nuevo lio. Todos están sonrientes y han caminado por el valle del inmenso rio. Ven lejos a la distancia una casucha destartalada que hace sombra a un bello sol escondido y en donde se ven las ramadas.


Salen mirlas cantando alegres de los plantíos y sobre los grandes frutos hay azulejos que lanzan cantos junto a un coro de aves salvajes que se unen en un solo ritmo. Hay nueva fiesta entre turpiales y un chupaflor hace temblar de risa al medio día con néctar de buen paladar y aleteo fresco hacia un nuevo panal. El caballo joven del buen esposo ve a los lejos un gran gentío y piensa que algo raro está pasando o que él está dormido. Regresa rápido al rancho pobre con cierta duda de estar soñando y entrega flores a su belleza que esta juiciosa cuidando al hijo.


Desde el potrero de los arbustos, un teniente lanzó un fuerte grito y dijo saber que el buen muchacho se robó una joya y buen partido. Hemos venido a clarificar un rumor del viento y un asunto que arreglar porque chismes se han tejido. El mozo no entendió aquellas palabras y miró fijo a los desconocidos y sólo dijo: Yo soy pobre y lo más valioso que poseo es una flor que entre los lirios cambió mi vida y ahora me ha dado un hermoso y bello niño que llegó con manantial a mi pecho sufrido.


Bajó la dama en hora buena y miró al joven con acertijo y lloró lágrimas con emociones que nadie entiende porque no hubo frio. Su cara es bella señora mía dice angustiado el jornalero, hay algo en su mirada que pone a todos entre el suspenso de buen comensal con anhelo. Mientras tanto la bella esposa sale en busca de su delirio y siente algo raro entre sus entrañas y cree estar de nuevo esperando otro hijo.


Estamos aquí entre los sucesos y venimos en busca de algo perdido. Hace 29 años una bella niña mientras viajábamos en un navío, fue arrebatada por huracanes que junto a vientos del mar bravío, hundió la nave cerca a la playa y se extraviaron muchos niños. En la misma confusión, la odisea dejo muertos y heridos pero algunos afirmaban en los hospitales, recordar que varios habían nadado hasta las orillas de la playa encima de troncos heridos. Hay relatos de padres adoptivos que se escuchan en salones y reuniones de la arrogante sociedad, que en el buque no encontraron las pequeñas embarcaciones que se usan para salvar y remar.


Mi esposa dice mientras duerme palabras lindas y buen arrullo. Al otro día no recuerda lo que ella siempre exclama entre dormida y despierta del zumbo. Nombra a mamá Clara y a un tal Don Samudio, dice que ellos son sus padres y que trabajan con telas y algodones e hilos finos. Ella mayor tres años de este pobre hombre que esta feliz porque vio nacer a su primer y hermoso hijo. Yo estoy asustado y creo que es locura por el martirio que tuvo, sus sesos pueden estar tejiendo mal de augurio.


Esta bella esposa mía fue violentada por hombres, damas miserables y por el mismo destino de no poseer un apellido. Hoy vive aquí sin tener riquezas bajo este amado que agradece tener esta fortuna que llegó como manjar caído del ancho velo a esta casa que renació como si fuera un embrujo. La primavera ha sacado flores que están en todos los caminos y aquí se escuchan canciones que llegan con éxtasis a este corazón que estuvo muy adolorido.


Y tu muchacho de donde eres y quien te trajo a este mundo dijo Don Samudio. Vivo aquí mis 29 años. Soy un solitario y estaba indefenso sin rumbo. Mis padres me recogieron de una playa del ancho rio y ellos afirmaban que me rodeaban maletas y varios bultos. Ellos me criaron porque estaba perdido debajo de las tablas de un barquito hundido. Estaban viejos y hoy sus cuerpos están aquí en esta parcela pero ya no tienen frio. No tengo estudio eso es muy cierto. En estas tierras nos desprecian pero me gusta hacer navíos. Somos muy pobres y los profesores del caserío nunca me recibieron porque no tengo ni registro.


Muchacho bello, ella es mi esposa Doña Clara y yo soy Don Samudio. Ella su esposa es nuestra hija y hoy es la esposa de ti y llegas como uno de mis hijos. Te has ganado una bella rosa y ella es pura y así serán tus hijos. Tú eres hijo de un gran hombre y él es el fabricante de los modernos navíos. Tu padre vive al igual que tu madre con mansiones, empresas y extrañando al hermoso perdido. Enseguida avisamos por banda ancha y banda corta que viaja con nosotros el sistema, por los nuevos inventos y dicen que por los científicos.


El jefe de los militares saco un radio de buen estilo y llamó a otra parte dando nuevas noticias e informaciones de los hechos del naufragio que fue suceso del último siglo. Mientras los padres de la muchacha abrazaban a los tres como verdaderos hijos. A la parcela llegaron todos los amigos, vecinos y campesinos. Trajeron guitarras, tambores, ollas y se armo un gran día festivo hasta con arpa, maracas y mozos con sus tríos. Algunos estaban tristes porque el trabajador de la choza ya no volvería a cultivar mas lirios.


Sobre al aire del firmamento tres helicópteros hacen gala como buenos padrinos y el ruido de sus motores despertó a los citadinos que se creían de plaza gigante y de linajes encendidos. Bajaron los vehículos como remolino en busca de otro de los hijos perdidos. Un hombre alto bien parecido es el primero en asomar el cuerpo bajo los vientos que deja la potencia y el mismo ruido. Una dama de sonrisa bella también llega bajo los círculos del viento en busca de su primer hijo.


No hay duda dice la chica los dos son muy parecidos. Hay carpas improvisadas y comidas para todos los vecinos. La nueva gente trae consigo hasta políticos, periódicos y periodistas que jamás allí habían ido. La orgullosa se enteró a la hora del suceso y fue en busca del joven que durante varios años le regalo rosas y perfumados lirios. Ella le negó los besos y también hasta el saludo porque su enamorado no tenía buen apellido y nada de lujos.


El caballero al verla le dijo de esta comarca siempre las cortaba pero ahora todas son para mi esposa y también para mi hijo. No te preocupes, te he perdonado cada desprecio y hoy no tengo nada en contra de tu destino. Mire a quien encontré que feliz me ha dado un chico. Ahora tengo una familia muy numerosa y sin saber hasta mis verdaderos padres han aparecido. Tengo nuevos planes y un nuevo brillo. Pronto todos nos iremos de donde nunca debíamos haber salido. Te regalo esta parcela para que recuerdes las flores y los versos que te lancé adolorido.


La pareja dejó la finca y se alejaron para siempre del caserío. Hoy la ventana esta muy sola y las cortinas de la orgullosa se han destruido. La dama aunque es juez del pueblo de vez en cuando camina hasta el viejo plantío. Ella mira las flores y tulipanes y aun esta sin marido. Sabe que sus arrugas no llegan solas, lo mismo que los buenos fríos. La plaza de mercado ya no vende rosas porque el turpial dejo solo a los plantíos. Hay vagancia en los muchachos entre el viejo gentío.


Cada atardecer lanza un grito la dama envejecida y piensa que sus varones se fueron al mundo perdido. Mis ilusiones fueron de paso y no aprendí a plantar como mi enamorado amor campesino. Sola piensa la dama elegante con los años que la han envejecido. Es demasiado tiempo que no aparece ni siquiera un mirlo. Mira hacia el horizonte a ver si por lo menos ve un ancianito perdido.

jueves, 7 de octubre de 2010

PRIMAVERAL Y ANTES DE NAVIDAD

Por Leomas

Recuerdas que había mariposas sobre el firmamento de aquellos hermosos potreros que vieron correr siluetas entre árboles testigos de los primeros besos. Hubo música con melodías entretejidas de reclamos en el primer atardecer. Ellos danzaron inocentes con aquellos tambores que dieron vida a quien mas tarde seria testigo del romance que nunca envejeció. Era jueves de trueque y juegos. Los campesinos alistaban canastos y costales mientras los protectores creían que se perderían debajo de las piedras del rio cristalino del paisaje y sobre los frescos musgos que se habían apostado en los caminos. El tiempo no se detuvo sobre los rostros de quienes sembraban historias de soñadores. La seguridad y los guardias de la hacienda fueron en busca de los dos hermosos cuerpos que saltaban como chispas de fogatas encendidas. Sintieron pasos de caballos galopando sobre la hierba húmeda y jinetes que gritaban como soldados al aire del compinche de la luna.


Hubo desconfianza de los jóvenes entre los intrépidos obreros que cumplieron órdenes a quien le prohibirían acercar la libido a la orilla de la quebrada. La anciana mujer de la cocina dijo haber visto muy cerca al visitante debajo de la acacia y sobre la roca gris que los llenó de lozanía y éxtasis en cada sollozo con abrazos. Solo la risa pudo calmar la tristeza de quienes creyeron cerca un secuestro. La noche no dejó conciliar el sueño a los inexpertos. Los juveniles tejidos musculosos se acercaron como fina red de hilos dorados irrompibles hasta el amanecer aun entrando el sol de la nueva mañana. No hubo cenizas almidonadas sobre las rocas.

Aquel ruiseñor estuvo muy cerca al arrendajo prendido de silbidos y cantos. Miedo sintieron de cada caricia que salía como relámpago de nube para lanzar chispas de diamantes y perlas, que parecían como dentadura fresca y descontaminada del ruido de la metrópoli de donde se habían transportado. La sonrisa aun ilumina la galaxia con los hermosos dientes que hicieron tejidos brillantes y remolinos sonoros al paso de corrientes celestes que llegaron nuevas para la añoranza. Aun llora la partida de ese medio día cuando el tren los regresó al cotidiano trajín de temporada y los lanzó sobre arbustos envejecidos por la tristeza de las tunas y bisontes. El profesor de matemática dijo que el lirio había llegado diferente esa semana al caer sobre las sillas ciertas flores amarillas de una hermosa enredadera que quiso denunciar que algo corría debajo de la calzada y sobre el ventanal que mostraba alegría de venas y arterias como en las mejores subastas.

De nuevo llegó el fin de semana casi que retrasando las horas de los paseantes. El reloj les ayudó a construir risas que rompieron el silencio del mundo desconocido. La casa sobre la planicie campesina gritó de algarabía al ver llegar de nuevo a quien empezaba la jornada sin aventura. Algo muy fuerte recorrió cada milímetro de carne y sobre los huesos. No hubo maestro para entender eso que estremecieron las dos siluetas. El mayordomo los condujo al establo para luego salir a trote sobre el cenizo y el azabache. Los dos juntos parecían volar por el aire como locos enamorados que tejen aromas y perfumes de añeja primavera. Construyeron un futuro en menos de una hora y se vieron en la cúspide de la montana a donde sus parientes no querían regresar por miedo a otro tipo de conflicto. Los caballos unían sus lomos al galope con la brisa y las manos se juntaron como tormenta de agosto en cada molienda. El anciano responsable del cuidado expresó que debía ir una de las yeguas en el próximo recorrido sobre la sabana para no alterar brisas y vientos que bajaban como relámpagos sobre los arrayanes.

Siempre que hay fiesta alguien interrumpe el idilio de los audaces como si magias grises aterrizaran sobre calzadas y desiertos. El pedazo de metal saltó por el aire debajo de los cascos de la yegua rojiza y pegó el impacto sobre la hermosa ceja que se había tejido con filamentos de zafiros y finos arbustos del selvático roble. Cayó sobre la piel sangre fresca y rozagante que asustó al de los besos. En suspenso logró pensar en la defensa. Uno de los cuerpos rodó sobre la pradera mientras el otro vio como tenue y encanto su amor como lava de volcán en un instante revolcarse sobre el césped. El caballo frenó en contravía dejando ver la fuerza de cada brazo. Creyó ver un cadáver en el suelo pero era mentira porque un beso despertó al moribundo enamorado que saltó adolorido como sombra.

Regresaron con sangre en sus trajes de nuevo a las plantaciones que estaban esparcidas entre cítricos y mangos. Los trabajadores se asustaron y se armaron porque temían a la chusma que acostumbraba a robar el ganado y escogían a los terneros que crecían entre las ramadas. Desde entonces los asesinatos estaban entre los indefensos. Las balas aparecían como luz y sombra cada instante. No fue grave pero era de cuidado cualquier ruido extraño. Al llegar la noche el rio sirvió para transportar en un pequeño barco destartalado al enfermo que huyó de la inexperiencia en brazos de un amor que empezaba con paso de león rugiente. Fue afortunado porque a su lado estuvo quien veló aun hasta la camisa que había cambiado de color entre escarlata y verde.

Es cierto que se amaron y no hubo sino un solo romance como de película fantasiosa. Se impregnaron los amantes de valentía y dejaron que sus fuerzas se fusionaran en secreto con las tardes. Besos que se multiplicaron cada día y caricias que estuvieron cerca en cada noche con encajes que llegaban entre quejidos, besos y apretones de los dioses. Nadie supo porque hubo peligro de parte y parte. Jamás se separaron entre la vida, las ansias y la muerte. Crecieron juntos como los arrayanes cerca a las cementeras con flores y sauces.

La familia se interpuso entre los dos al saber que dos razas distintas no debían amarse y menos de diferentes clases. Hubo tristeza al saber que al millonario lo sacarían de la nación para evitar roces con el torbellino que se formó alrededor de cada pétalo y gladiolo. Los adultos creyeron que era la mejor solución para truncar las caricias y los golpes de la brisa sobre aquellas curvas que dejaban los eucaliptos con cada sombra a su paso. Los dos no aceptaron decisiones erradas de los envidiosos. Salieron huyendo y corrieron a otra ciudad lejana de la urbe que los recibió con encanto sobre los parques. Se refugiaron trabajando en nuevas aventuras mientras se seguían adorando. No hablaron de amores y cerraron sus secretos con los claveles del lejano monte. Simplemente sin prisa se quisieron entre sigilos y remansos. Como rubíes brillaron cuando el sol salía. Hubo esmeraldas entre las sonrisas de cada noche.

Cinco años duro el perfecto romance entre los vientos huracanados con nuevas junglas. Se alejaron de su gente y de sus pueblos. Estaban siempre juntos como trenzas amarradas y libres como aves de la selva. Aun eran muy jóvenes pero aprendieron a quererse. Los otros se imaginaban que eran una sola familia con quienes compartían los cristales y las luces. La belleza permaneció en ellos como ángeles que no envejecen. Un fuerte amor entre todos los amores hizo clarear aun los anocheceres. En cada minuto nunca faltaron los besos. La noche era un nuevo amanecer de éxtasis y sueños, dejando caer roció sobre telas que humedecían hasta los laureles de la autopista con sus lirios.

La empresa llamó para decirle que el amor de su vida estaba en el hospital agonizante varias horas. Su intrépido tigre se había desmayado al caer la tarde del ocaso sobre las baldosas del laboratorio. Le dijeron que estaba silencioso sobre una cama de tejidos transparentes. Que no hablaba. Corrió como potro y voló como águila en busca de su amante y vida. No fue fácil verlo tendido entre aparatos y lámparas que se apagan en minutos. Allí estuvo sobre los bordados su media naranja como si fuera una pesadilla. El médico simplemente dijo: “hace tres horas está así y no respira”. Lo tomó por la cintura y frente a todos le declaró su amor eterno sin contratiempo. Aun sus manos estaban tibias. Lo besó con suave ternura como la vez primera. Guardó silencio y metió su deseo dentro de una nube azulosa que aun recorre cada día todo su cuerpo.

También quiso matarse. Sin llorar pensó que había algo sobre los claveles que nunca iba a entender aun entre las orquídeas. Las rosas se marchitaron desde entonces y los perfumes se evaporaron al lugar de mansiones gelatinosas. Por fin lágrimas pesadas rodaron por sus mejillas mientras los padres llegaron para presentar nuevos suspiros entre la tragedia. Metió cada beso dentro de mudo nicho. Guardó con cerrojo de oro el crisol que no había envejecido desde aquel amanecer. Luego lanzó un pequeño grito aterciopelado que estremeció la tristeza de los arrendajos. Hoy es de madrugada. El conserva la risa de su romance como el encaje de su camisa. Tiene el corazón partido y sangra con gotas reemplazando cada lágrima. Lo ve llegar en sueños y permanece solo desde entonces esperando un nuevo encuentro. Dice que en cada madrugada hay una risa fresca y placentera que lo transporta a contemplar los mismos besos.

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