martes, 24 de febrero de 2009

EL OTRO CUENTA FELIZ SU INFANCIA

Por Leomas

Todos como el viento quedaron por fuera de la gigante casa. Sobre la calle La bella mansión cerró sus puertas para siempre a sus inquilinos. Cada cual a solas buscó una nueva morada en medio de tempestades. Al final de la pubertad el colegio y los amigos no entendieron aquello que pasaba. Nadie se enteró por la distancia entre las estirpes. En forma hermética aprendieron los niños a guardar silencio y a no quejarse frente a nadie y nada. A la intemperie y como unos más de los desamparados, salieron en busca de la primera aventura de vida y de una nueva almohada. El progenitor tomó una medida muy drástica por buscar amor entre faldas moderadas. El hambre y la falta de recursos económicos de los pequeños fueron testigos de la retirada y del atropello. Las mariposas de Agosto acompañaron la caminata. Los rústicos baúles de los remiendos guardaron para siempre la nostalgia. No hubo lágrimas y no había quien los mirara.

Los pisos estaban sólo en tierra y los murciélagos los visitaba. Los ranchos de Margarita y Ofelia llenaron de familiaridad el retoño de lo insólito como encanto en esa retirada. La rosa blanca de la mañana hizo brillar las ideas y los nuevos proyectos improvisados. El sueño llegó hasta el futuro que no se esperaba. Hoy a todos les produce risa el suceso. Les causa añoranza no pisar de nuevo las "Aguas Claras" y el Río de la Magdalena con su ciénaga que los observaba. Ellos jamás volvieron a ver los claveles del patio de los Montoya. Los vecinos sólo reían del acontecimiento a carcajadas. Las flores y los retoños quedaron como chamizos sin su fragancia. Los aromas de la primavera se estancaron como fuerte verano de asonada.

Uno por uno de los parientes y conocidos se fueron escondiendo de la pésima jornada. Los más cercanos se hicieron los de la “gota gorda y amarga” como una marranada. Ellos eran adolescentes y salieron sin nada. No hubo ayuda para sembrar de nuevo la palmera frente a la puerta principal o para mirar por encima de la tapia de los Díaz. Jamás volvieron a escuchar los golpes en el techo que eran producidos por las piedras que lanzaban los "Vanegas" sobre el tejado y esos grandes muros. Lejos de la comarca todos recordaban la llegada del “lechero” o del vendedor de fruta cerca al cartero. Los limones ya no fueron testigos del fuerte sol sobre la pradera con olor a petróleo.

Cajas y maletines viejos estaban al lado de las pocas pertenencias. El sol diario de la mañana se oscureció por varios meses en esas trasnochadas. Corrieron a refugiarse a casonas pobres y extrañas y a mundos que ni los arbustos acostumbraban. Los baños de la modernidad no existían y la regadera era una destartalada. La "totuma de guarapo" regalada por los fanáticos a la doña, hizo de ángel guardián en la historia narrada. Tortas de amor con chicharrón y agua de panela, llenaron el estómago de los pequeños. El paisa de los dulces quería llenar de placer su propia aventura pero se impuso la fragancia de la templanza. Hubo pureza y brillo de encanto en el suelo de los matorrales de la pequeña quebrada.

La campana del Colegio sonó muy triste cada día sin sus viejos alumnos. El joven ruiseñor dejó de cantar en la ventana añorada. Venas y arterias bajaron su energía y hubo fiebre que causó revuelo. Los alimentos escasearon por varios meses sin quien trabajara. Los niños iban en busca de comida a una estación en donde el tren nunca pasaba. La pobreza de los obreros con sus fuertes jornadas llenaba de confusión la geografía entre cortada. El despiste de lo inesperado era música como serenata. Hubo noticias y esas crearon confusiones en las mentes doradas. Nunca perdieron el abolengo de su raza. La sangre real de los cuentos, llenó el vacío de los desvelos. Había claveles rojos y morados por todas partes donde caminaban. Esos llenaron de belleza el paisaje de la ramada.

Llegaron las vacaciones y el mayor tomó una fuerte e incomoda decisión. "Debo abandonar esta urbe" –dijo- y salió rumbo en busca de solidaridad a la "ciudad frontera". Un bus viejo y raído lo llevó al final del túnel que se iluminó al llegar a su destino. El hubiera querido que sus hermanos menores lo acompañaran. Fue rápida la acción y no hubo tiempo para pensar en lágrimas. Fue bien recibido por una diosa llamada "gata" de rojo escarlata. El esposo también aportó al visitante con sus juegos y bromas que llegaban hasta la “pista”. Las calles de la nueva ciudad estaban mal pavimentadas. La luz de la vida y de cada estirpe estuvo lejos de los rincones de los negocios. Se estacionó la primera motocicleta en la puerta principal del huésped en la navidad hospitalaria. El viajero se subió con fuerza de lobo experimentado sin saber nada. Esa hizo su agosto dentro de la exploración como antesala a quien complace la nada.

El pequeño vehículo frente a la ventana sorprendió a los parientes. Simplemente el pasajero alzó su mano derecha para despedirse sin importarle nadie. No era precisamente una princesa quien lo transportaba. Su figura de hermoso león de fuego lo hacía parecerse a esos de los cuentos de hadas. La escena se repitió cada noche y la oscuridad de la "quinta" y "sexta", hacían que los besos llenaran el vacío con más hechos de éxtasis con cristales de azahar. Caricias y suaves mordiscos eran de danza en algunas madrugadas. La brisa de "Los Alisios" refrescaba la aventura como una telenovela escriturada. La altura de quien conducía, estaba por encima de la carretera y del canal que de la Avenida de la indisciplina llevaba al Zulia y al Río de la mudanza.

Aquel Diciembre fue de resplandor. Los vinos y el contacto con otros adolescentes, hicieron llenar de fantasías los días, tardes, noches y hasta las mismas carcajadas. Todo era un sueño entre la realidad y la esperanza. Sobre la calzada en la misma vía, quedaron las sillas fabricadas en mimbre y aluminio. El beso de ese primer amor de enamorado en la madrugada y la cocina de Rosa, guardan hoy el mejor de los recuerdos. El mayor de los invitados se hizo el “de las gafas”. A él también lo llenaron de besos y caricias y fue precisamente la mejor de las miradas. El cuerpo despertó su apetito lívido dormido en el indefenso combate. La música llegó de México y su intérprete estaba a la moda. La fineza en cada movimiento del artista, hacía dudar de la tradicional costumbre engalanada.

La “plaza de mercado” ofrecía la mejor de las mesas con su culinaria. Sobre las esquinas de las avenidas estaban cada tarde las mujeres con ollas improvisadas, ofrecían “fritanga” de cerdo y res. Seguramente los bailes y cada esfuerzo, llevaban el colesterol lejos del cuerpo de los romanceros. Al caer el sol todos llegaban allí a saborear la comida criolla. Tomaban jugos sin control de los grupos de higiene y no pagaban impuestos. Estos llenaban de alegría la vida y la juventud galardonada. Algunos comían el “plato de gallina criolla” o el famoso pezcueso relleno de esos que nunca faltan. Como siempre quienes no tenían dinero no saboreaban nada.

Cada día sumaban los mejores cuentos de la época. Hoy ellos no se arrepienten. El néctar de los besos de adolescentes les hace vibrar la sangre de los guerreros y mancebos de lo inesperado. Las rifas y los espectáculos eran parte de la historia. El protagonista aprendió a conocer los cosméticos costosos y perfumes. Los fines de semana se entraba a los organizados prostíbulos existentes sobre todo el de las “muñecas”. Las convencía a todas y les ofrecía el mejor de los productos que ellas en silencio y fino tacto compraban. Uno y otro “muñeco” también los adquiría. Todos pagaban con dinero extranjero. El valor del producto y cada ganancia iban a servir de acicate para las lociones, ropa fina y viajes del aventurero. El billete hizo fiesta en los pantalones. La suma del dinero estuvo colocada en una pequeña cuenta bancaria que el tiempo ha borrado porque no existía el computador.

Se inventaron muchos viajes y recorridos a varios municipios de la estancia. Al lado de las ventas, se llevaba ropa de baratija y era revendida en las calles como subasta. Calzones, sostenes y faldas de niñas y de damas se ofrecían en cada pueblo. Las manos y las voces eran rápidas como las gacelas. El águila estaba celosa porque había competencia y ganas. Algunas chicas también se beneficiaron de los músculos y uno que otro campesino gozó con el producto. También brilló la inexperiencia con las incógnitas reservadas. Los buses de la época eran tan lentos que los brazos de los chicos como pájaros, estaban siempre por fuera de las ventanillas cerca a los grillos, agarrando las ramas de las plantas que allí colgaban al lado de las carreteras que parecían “camino para mulas”.

Una tarde en el pueblo vecino de la otra nación, apareció un amigo pariente de la familia del jovenzuelo e invitó al protagonista a la ciudad del "Centro". Allí se movió y olvidó los amores fronterizos y llegaron otros entre los libros y la excelente mesa. Había distancia entre el lugar y el nuevo colegio. La camioneta negra estaba segura de llegar diariamente. El joven de raza negra y de apellido "Ángulo", era el más cercano a la mirada del “ahora con mansión”. El calor fuerte de la tarde lo dejó sin complacencia a la propuesta que le hicieron debajo de los árboles de matarratón.

Todo se convirtió en un hermoso idilio para el mozo. El baile, las ventas y el vino se transformaron en convento. Cada día en la madrugada era feliz llegando al recinto sagrado, para ayudar dentro de la Santa Misa. El sacerdote Gonzalo, era uno de los santos que el joven admiraba. Su fuerza de misionero estaba por encima de la organización religiosa. El año se pasó volando como águila para todos. Al llegar la segunda navidad estaba de nuevo fuera de casa paterna del adolescente. El corajudo infante pensó irse para una urbe más grande. Todo estaba listo y las notas del colegio fueron sobresalientes. El presbítero quedó feliz del muchacho y le aconsejó ir primero a una ciudad más pequeña antes de mudarse a la gigante plaza.

El oscar llegó como amigo desprevenido a la urbe. Los dos empezaron a ver la vida diferente. Hoy es rutina en cada jugada. Si se repitiera la circunstancia detendría el sol de la raza. El no cambiaría el lujo de lo moderno por la risa suave y la dicha que produce la memoria del regreso. Cada camino es un recuerdo y cada hecho llena de placer la nostalgia.

Hoy todos siguen en la jornada. Un tercero cruzó el mar a mucha distancia y aún no se sabe de él nada. Es la vida, es el suelo y es el canto que alguien nuevo escucha sin fragancia. Jamás regresará la juventud, eso es lo de menos dicen quienes tratan de vivir felices como el viento. Lo más fuerte es haber estado todos en un mismo suelo con dicha, en interrogante y sin casa.

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